Era una noche lluviosa; la oscuridad acechaba sobre la diminuta ciudad de Lyon.

– Tranquilo Frank, estaré bien. Eres mi mayordomo, lo entiendo, tu obligación es protegerme pero ahora mismo no tienes que preocuparte por nada ni por nadie.

Le dijo el joven señor de cara pálida que se encontraba junto el andén.

-Está bien, señor ministro, pero por ahora.

Cuando se subió a la limusina y desapareció por la esquina, el ministro cruzó el bosque y no pudo evitar una sonrisa al ver que ella estaba allí; aquel cabello dorado como el puro amanecer, aquellos ojos turquesa como el agua iluminada por el sol y aquellos labios tan rojos como la manzana de Blancanieves.

– Por fin has llegado. Te estaba esperando.

-Siento el retraso, he tenido que desviar de camino a mi chófer.

Y de pronto, cuando sus labios se acariciaban con los suyos, la mujer notó algo extraño y afilado en su bolsillo derecho.

-¿Qué es esto, cariño?

– Para cortar el pollo, ¿no?

De repente, otra sombra apareció entre los árboles; se trataba de un hombre cuyo rostro estaba tapado por una capucha negra hasta que se la levantó.

– !FRANK! ¿Eres tú? ¿Pero, qué haces? – Exclamó el joven ministro.

El chófer permaneció callado un instante hasta que contestó.

– Se te da muy bien escabullirte, lo reconozco. Me alegré bastante cuando la agencia me integró para espiarte y matarte cuando supiera que estabas traicionando a tu país. Así que, te toca pagar las consecuencias, aunque,ahora he decidido que primero verás morir a tu bella y amada esposa…

Le apuntó con un afilado, grande y peligroso cuchillo y se lo lanzó…

-¡¡¡¡¡NOOOO!!!!!!!

Hubo un gran estallido y un chillido se apoderó del silencio del valle.

La mujer estaba intacta; el primer ministro se había abalanzado sobre él mientras notaba cómo un artilugio pequeño pero muy afilado se le clavaba en los intestinos, al mismo tiempo que el puñal se entibiaba contra su pecho.

Los dos yacían en el suelo, inmóviles mientras ella sollozaba junto a él.

 

 

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